
La floración de los cerezos en Tokio, uno de los momentos más esperados del año en Japón, ha quedado este abril atravesada por una preocupación poco habitual: la caída de árboles envejecidos en algunos de los puntos más populares para contemplar el sakura.
Dos ejemplares de Somei Yoshino, la variedad más representativa de la capital japonesa, se desplomaron el jueves en espacios muy concurridos, uno en el parque Kinuta y otro en la zona verde de Chidorigafuchi, junto al foso del Palacio Imperial.
No se registraron heridos, aunque uno de los árboles dañó una valla y otro estuvo cerca de precipitarse al canal. El incidente ha obligado a mirar más allá de la postal primaveral y a fijarse en un problema menos fotogénico: buena parte de los cerezos que definen el paisaje urbano de Tokio ya tienen varias décadas a sus espaldas y muchos muestran signos de deterioro.
Los especialistas señalan que una parte importante de estos árboles fue plantada durante el periodo de reconstrucción del Japón de posguerra, especialmente a partir de los años sesenta. Eso significa que numerosos ejemplares superan ya los 60 años, y algunos se mueven incluso en franjas de 70 u 80. En una especie tan asociada a la fragilidad y al paso del tiempo, el simbolismo casi se escribe solo, pero el problema aquí es bastante más literal: troncos debilitados, hongos internos, inclinaciones anómalas y un estrés acumulado que aumenta el riesgo de desplome.
A esa vejez estructural se añade otro factor que ya nadie puede despachar como ruido de fondo. Los últimos veranos, marcados por calor extremo y episodios de sequía, han ido castigando el arbolado urbano y reduciendo su resistencia. En otras palabras, Tokio no solo tiene cerezos viejos. Tiene cerezos viejos soportando condiciones cada vez más duras.
Las autoridades metropolitanas han reaccionado acelerando inspecciones en algunos de los enclaves más conocidos de la ciudad, entre ellos Kinuta e Inokashira. En total, se han revisado ya centenares de árboles y se han talado ejemplares considerados peligrosos. El problema es que incluso esa respuesta empieza a parecer un parche frente a una cuestión de fondo mucho más amplia: cómo renovar, sin desfigurar el paisaje, uno de los símbolos vivos más reconocibles de la capital.
Ese dilema ya se deja ver en el terreno. En algunos parques han empezado a aparecer huecos visibles allí donde antes había ramas cargadas de flores. Es una imagen discreta, pero significativa. Tokio quiere seguir ofreciendo la experiencia del hanami que atrae cada año a residentes, visitantes y turistas, pero al mismo tiempo tiene que asumir que parte de ese decorado natural está entrando en una fase de desgaste difícil de ignorar.
El balance del último año da una idea de la magnitud del problema. Según responsables de parques metropolitanos, en 2025 cayeron 85 árboles en Tokio, varios de ellos cerezos, y esos incidentes dejaron tres heridos. Los desplomes de esta semana, por tanto, no son una rareza aislada, sino otro síntoma de una tendencia que empieza a inquietar más seriamente a las autoridades.
Pese a las vallas, las inspecciones y las señales de precaución, los parques siguen llenándose de gente. El hanami mantiene intacto su poder de convocatoria y miles de personas continúan acercándose a los lugares más conocidos para disfrutar de una floración que dura apenas unos días. Esa convivencia entre belleza y fragilidad forma parte del ADN cultural del sakura, aunque este año la fragilidad se ha vuelto bastante menos poética de lo habitual.
La cuestión de fondo ya no es solo estética ni turística. También es urbana, climática y de seguridad. Tokio tendrá que decidir en los próximos años cómo sustituir o regenerar un arbolado que forma parte de su identidad visual sin esperar a que el problema se resuelva solo, porque claramente no va por ahí. Los cerezos siguen floreciendo, sí, pero cada caída recuerda que bajo esa imagen tan delicada también hay infraestructura viva, envejecida y cada vez más vulnerable.



