
El Gobierno japonés ha aprobado una política básica para mejorar el sistema de refugios temporales de emergencia destinados a proteger a la población frente a amenazas graves, como un ataque con misiles y sus posibles ondas expansivas.
La idea central es bastante clara: no basta con tener miles de refugios designados si su reparto es desigual, si muchos municipios pequeños siguen mal cubiertos o si las instalaciones más seguras, como las subterráneas, siguen siendo una minoría.
La obligación legal de asegurar estos espacios existe desde hace años. La Ley de Protección Civil, promulgada en 2004, atribuyó a los gobernadores prefecturales la responsabilidad de designar refugios de emergencia. Sin embargo, más de dos décadas después, el sistema sigue mostrando carencias notables.
A abril del año pasado había unas 61.000 instalaciones designadas en todo el país, una cifra que en apariencia sugiere cobertura suficiente, pero que no resuelve por sí sola el problema territorial ni la calidad real de esos refugios.
Ahí está uno de los puntos más delicados. Buena parte del esfuerzo se ha concentrado en prefecturas y grandes ciudades, mientras muchos municipios de menor tamaño no han conseguido asegurar suficientes instalaciones. El Gobierno quiere corregir ese desequilibrio y se ha marcado como objetivo que, para 2030, cada municipio disponga de refugios con capacidad para acoger a toda su población.
La nueva estrategia apuesta por algo muy pragmático: aprovechar mejor las infraestructuras que ya existen. En lugar de depender solo de construir refugios nuevos, el plan quiere dar un uso dual a instalaciones pensadas para evacuaciones por desastres naturales, de forma que también puedan servir en situaciones de emergencia ligadas a un conflicto armado u otras amenazas graves. Eso incluye no solo habilitar espacios, sino también almacenar agua, alimentos, catres y otros suministros básicos para permitir estancias breves con un mínimo de condiciones.
El enfoque tiene lógica, sobre todo para los municipios con menos recursos. Preparar nuevos refugios desde cero no es una tarea sencilla ni barata, y reutilizar infraestructuras ya operativas puede aliviar parte de la carga financiera sobre gobiernos locales que ya van bastante apretados.
Sin embargo, la gran debilidad sigue siendo la escasez de espacios realmente robustos. Actualmente, alrededor del 90 % de los refugios designados son instalaciones públicas, como oficinas administrativas o escuelas, mientras que las instalaciones privadas apenas representan el 10 %. Y dentro del conjunto total, los refugios subterráneos suponen solo el 7 %, pese a que suelen considerarse más seguros que los edificios en superficie frente a explosiones y fragmentos.
Ese dato es especialmente llamativo cuando se compara con otros países de la región. En Corea del Sur, donde la amenaza militar del Norte ha empujado desde hace años a desarrollar una red más densa de refugios subterráneos, la capacidad de acogida supera ampliamente el tamaño de la población nacional. Japón todavía está lejos de ese nivel de preparación.
Por eso el Ejecutivo quiere implicar más al sector privado, sobre todo a las empresas que poseen instalaciones subterráneas que podrían utilizarse como refugio en una emergencia. El problema es que ahí aparecen dudas bastante comprensibles: hasta qué punto esas empresas tendrían que guiar a los evacuados, qué apoyo recibirían, quién asumiría responsabilidades y cómo se organizaría la gestión en una situación real.
Si el Gobierno quiere que esa cooperación funcione, tendrá que ofrecer algo más que buenas intenciones. Harán falta criterios claros, apoyo logístico y una relación más realista con empresas que no quieren acabar convertidas, de la noche a la mañana, en operadoras improvisadas de refugios de emergencia.
En el fondo, la cuestión no es solo cuántos refugios tiene Japón, sino qué tipo de refugios son, dónde están y si de verdad servirían cuando hicieran falta. Y ahí el país todavía tiene bastante trabajo por delante. Porque en seguridad civil, como en tantas otras cosas, la diferencia entre estar cubierto sobre el papel y estar preparado de verdad puede medirse en minutos decisivos.

