
El incidente se produjo alrededor de las 5:30 de la mañana en la zona de Fujimidai, en Kunitachi, donde un cerezo de aproximadamente 15 metros de altura cayó y llegó a bloquear la rotonda próxima a la estación. Según la información difundida por Fuji TV, no hubo heridos ni daños en vehículos, aunque el desplome volvió a poner sobre la mesa un problema que en Tokio ya no parece aislado.
El árbol caído era un Somei Yoshino, la variedad más emblemática del sakura japonés y también una de las más extendidas en la capital. La explicación preliminar apunta al propio envejecimiento del ejemplar: con los años habría ganado tamaño y peso hasta el punto de no poder sostenerse correctamente.
La caída se produce pocos días después de otros incidentes similares que ya habían generado preocupación en Tokio. Associated Press informó el 4 de abril de que dos cerezos colapsaron el 3 de abril, uno en Kinuta Park y otro en la zona verde de Chidorigafuchi, sin causar heridos, aunque el de Kinuta dañó una valla y el de Chidorigafuchi estuvo a punto de caer al foso del Palacio Imperial.
El caso de Kinuta Park es especialmente sensible porque no era el primero. AP detalló que en marzo ya se había producido allí la caída de otro cerezo envejecido y que una de esas incidencias había dejado herida a una persona. Tras esos episodios, las autoridades revisaron más de 800 cerezos en el parque y retiraron algunos ejemplares, aunque reconocieron que las medidas seguían siendo sobre todo temporales.
Ahora, según la información japonesa que compartiste, el Gobierno Metropolitano de Tokio ha puesto en marcha desde la tarde del 9 de abril una inspección de emergencia de unos 5.000 árboles en Kinuta Park con ayuda de arboristas y otros especialistas. Esa cifra también aparece recogida en resúmenes de prensa de ese mismo día, que apuntan además a que Tokio estudia reforzar el diagnóstico del arbolado con más tecnología en el futuro.
El trasfondo del problema es más amplio que una simple mala racha. AP señaló que muchos de los cerezos más famosos de Tokio fueron plantados durante la expansión urbana de la posguerra, especialmente en la década de 1960, y que hoy muchos han entrado ya en una fase de fragilidad. Solo el año pasado, según responsables metropolitanos citados por la agencia, 85 árboles cayeron en parques de Tokio y dejaron tres heridos.
A esa vejez estructural se suman otros factores, como el crecimiento de hongos internos, la erosión de raíces y el estrés asociado a condiciones climáticas cada vez más duras. Expertos citados por AP advirtieron de señales como troncos inclinados, cavidades, hongos visibles o acumulación de agua tras la lluvia como indicadores de riesgo.
La cuestión empieza a generar una tensión incómoda en Tokio. Por un lado, el sakura sigue siendo una de las imágenes más queridas de la primavera japonesa y un gran imán para vecinos y turistas. Por otro, mantener ese paisaje sin afrontar una renovación seria del arbolado parece cada vez menos sostenible. Las propias autoridades metropolitanas reconocieron a AP que, por ahora, muchas de sus actuaciones siguen siendo “medidas temporales” más que una solución de fondo basada en replantación y regeneración planificada.
La caída del cerezo de Kunitachi refuerza así la sensación de que el problema ya no se limita a un parque concreto ni a un susto puntual. Tokio sigue celebrando la floración, pero debajo de esa postal empieza a asomar una realidad menos amable: parte de sus árboles más emblemáticos están envejeciendo a la vez, y la ciudad tendrá que decidir pronto cómo conservar su paisaje sin seguir jugando a la ruleta con la seguridad.



