
La denuncia pública de Kiyoha Kiritaka, exmaiko del distrito de Pontocho, ha reabierto en Japón un debate que aparece de vez en cuando, pero rara vez logra mantenerse demasiado tiempo en primer plano: qué ocurre realmente dentro de algunos entornos del mundo de las geishas cuando la estética, la jerarquía y la tradición dejan de verse desde fuera y pasan a vivirse desde dentro.
Su testimonio ha sido recogido en medios japoneses y también ha circulado a través del Business & Human Rights Resource Centre, que resume acusaciones de acoso sexual, exigencias económicas opacas y ausencia de contrato laboral formal.
Kiritaka sostiene que entró en ese universo siendo adolescente, atraída por las artes tradicionales japonesas, con la intención de dedicarse a la danza, el shamisen y la ceremonia del té. Según su relato, la promesa inicial de aprendizaje artístico terminó convirtiéndose en una estructura de control muy rígida, con jornadas agotadoras, escaso descanso y una jerarquía interna en la que la capacidad de decir no quedaba prácticamente anulada. El punto más grave de su denuncia gira en torno al acoso sexual de clientes y a situaciones que, según afirma, se trataban como parte tácita del ambiente de trabajo.
La acusación más dura es también la que más golpea la imagen pública de este mundo: Kiritaka asegura que el sistema funcionaba, al menos en su experiencia, como una maquinaria donde una joven podía quedar atrapada sin contrato claro, sin libertad real para marcharse y bajo la amenaza de deudas imposibles de verificar. Según su testimonio, cuando intentó abandonar la okiya le exigieron 30 millones de yenes sin mostrarle un desglose claro de esa supuesta cantidad. El centro Business & Human Rights resume precisamente ese punto como una denuncia de deuda presuntamente infundada en un entorno sin contrato formal.
Su relato no ha surgido en un vacío. En junio de 2025, abogados y académicos lanzaron en Japón una red para examinar los problemas vinculados a la cultura de los distritos de maiko y geiko, una señal de que ya existía preocupación previa sobre este sistema y sobre la protección real de las jóvenes que entran en él. Ese esfuerzo coincidió con un momento en que el debate sobre abusos, consentimiento y estructuras tradicionales cerradas ha ido ganando más espacio en la conversación pública japonesa.
La respuesta del sector ha sido distinta. La Kyoto Traditional Performing Arts Promotion Foundation, organizadora de grandes eventos públicos del mundo de las geiko y maiko en Kioto, sostiene que las costumbres del sistema se explican previamente y que el consentimiento se obtiene tanto de la aprendiz como de sus padres, aunque reconoce que no existen contratos formales. También niega prácticas como baños mixtos con clientes y afirma que se están reforzando las medidas para proteger a las maiko del acoso sexual.
Ese choque entre versiones resulta especialmente delicado porque llega en plena temporada alta simbólica para la cultura de las geishas en Kioto. Estos días se celebra el Miyako Odori, el célebre espectáculo primaveral que desde el siglo XIX exhibe la cara más estilizada y admirada de las geiko y maiko ante el público. La propia escuela de Gion ha presentado este año el evento como una celebración abierta de las artes tradicionales, en contraste total con las denuncias que vuelven a poner sobre la mesa el coste humano que algunas exaprendices aseguran haber pagado dentro del sistema.
Y ahí está una de las claves de esta historia. En el imaginario popular, las geishas suelen verse como depositarias de una tradición exquisita, ligada a la música, la danza, el refinamiento y la identidad cultural de Kioto. Pero el testimonio de Kiritaka obliga a mirar otra capa del mismo escenario: la de jóvenes sometidas a una disciplina extrema dentro de estructuras muy cerradas, donde el peso de la obediencia, la deuda, el prestigio y el silencio puede convertir una vocación artística en algo mucho más oscuro.
La controversia también enlaza con un problema más amplio: hasta qué punto Japón está dispuesto a revisar críticamente ciertas tradiciones cuando las denuncias afectan al mecanismo interno que las sostiene. Porque el debate aquí no gira en torno a si las geiko y maiko deben seguir existiendo, sino a si ese mundo puede seguir reclamando respeto cultural sin aceptar un escrutinio serio sobre las condiciones de quienes entran en él.
Por ahora, la denuncia de Kiritaka no ha cerrado el debate. Más bien lo ha abierto otra vez, y con más crudeza. La pregunta incómoda ya está sobre la mesa: cuánto de arte, cuánto de disciplina y cuánto de abuso puede esconder una tradición cuando la versión de quienes la padecieron empieza a contarse en voz alta.



