
El gran temor no es solo que una parte de esta generación haya tenido malos años laborales, sino que ese daño se convierta en un problema masivo y duradero para todo el sistema social japonés.
El Japan Research Institute estimó ya en 2019 que dentro del núcleo de los llamados dankai junior podría haber alrededor de 414.000 personas en riesgo de caer en pobreza durante la vejez, una proyección que vuelve a citarse ahora porque el calendario empieza a acercar ese escenario.
La llamada generación de la “edad de hielo” incluye, en términos generales, a quienes intentaron incorporarse al mercado laboral japonés entre los años noventa y comienzos de los 2000, cuando encontrar empleo estable se volvió mucho más difícil tras el pinchazo de la burbuja. The Japan Times resumía en 2025 que este grupo, hoy ya en la cuarentena y la cincuentena, afronta un riesgo especialmente alto de pobreza en la jubilación por haber pasado su vida laboral con salarios bajos, empleo inestable y carreras interrumpidas.
Ese es el núcleo del problema. El sistema japonés de pensiones y seguridad social se diseñó en una época en la que la trayectoria estándar era otra: empleo fijo, carrera continua, cotizaciones regulares y un marco familiar más estable. Pero una parte importante de esta generación se quedó atrapada en itinerarios mucho más irregulares, con alternancia entre contratos temporales, periodos sin trabajo, empleo no regular y fases directamente fuera del mercado laboral. Eso reduce ingresos presentes y, al mismo tiempo, debilita la pensión futura.
La escala del problema es lo que más inquieta. No se trata de un grupo pequeño ni marginal. El Gobierno japonés reconoce que sigue siendo una cohorte muy numerosa y que todavía arrastra bolsas importantes de precariedad. Al aprobar el 10 de abril de 2026 un nuevo programa de apoyo para esta generación, el Ejecutivo admitió que la prioridad es mejorar condiciones laborales y asegurar vivienda pensando ya en su envejecimiento, con medidas intensivas hasta el año fiscal 2028.
Eso ya es bastante revelador: Japón no está hablando del problema como una herida vieja que se irá cerrando sola, sino como una amenaza activa que exige intervención pública urgente. El nuevo plan incluye apoyo a la búsqueda de empleos con mejores salarios a través de Hello Work, programas de reciclaje profesional y medidas para facilitar vivienda asequible y trabajo después de los 65 años.
Pero muchos analistas creen que ese esfuerzo llega tarde o se queda corto frente al tamaño real del agujero. El problema no es solo laboral, sino también demográfico y familiar. Un informe del propio Japan Research Institute publicado en 2025 advertía de que entre la generación de la edad de hielo hay cerca de 2,5 millones de personas solteras que viven con sus padres, y estimaba que unas 700.000 podrían caer en dificultades económicas por el peso del cuidado familiar o por la pérdida del sostén de sus progenitores.
Ahí aparece otro de los miedos más serios: durante años, parte de esta generación ha sobrevivido apoyándose en la casa, la renta o el colchón económico de los padres. Pero ese modelo informal se va agotando. Cuando los padres envejecen, necesitan cuidados o fallecen, muchos hijos pasan de depender de ellos a tener que sostenerlos o a quedarse sin red de seguridad de golpe. Y si además llegan a esa fase con empleos mal pagados o pensiones débiles, el riesgo de caída se dispara.
Por eso esta ya no es solo una historia sobre un mercado laboral injusto en los noventa. Es una historia sobre lo que pasa cuando una generación entera entra en la segunda mitad de su vida con menos patrimonio, menos estabilidad y menos margen de maniobra que las anteriores. Y Japón lo sabe: si esa cohorte envejece mal, la presión sobre la asistencia social, el sistema de pensiones, la vivienda y los cuidados puede aumentar de forma muy seria.
En el fondo, lo que tiene delante Japón no es un problema de nostalgia económica ni una deuda moral abstracta con quienes llegaron tarde al mercado laboral. Es algo más duro y más concreto: una generación muy grande que podría llegar a vieja sin el andamiaje básico que el sistema daba por sentado. Y cuando eso ocurre a escala masiva, deja de ser una desgracia individual y se convierte en una grieta nacional.



